La privada de Benito Juárez, junto al panteón, se ha convertido en un improvisado estanque urbano. Calles anegadas, charcos que parecen lagunas y basura flotando son la postal diaria de una zona que la presidenta municipal, Ale Castro, parece observar desde un cómodo palco, como si los problemas de drenaje fueran solo un espectáculo para su entretenimiento.
Cada lluvia transforma la calle en un verdadero desafío: vehículos atrapados, aceras sumergidas y un riesgo sanitario latente que permanece sin atención. Las familias de la zona deben sortear el agua estancada, mientras la administración municipal mantiene la inacción como política oficial. Ale Castro, parece más interesada en mirar la escena que en garantizar servicios básicos que deberían ser obligatorios.
El panorama se agrava con cada tormenta: el agua no solo invade la vía pública, sino que se filtra en cocheras y jardines, generando un riesgo de contaminación y mal olor que afecta la vida cotidiana de los vecinos. La privada de Benito Juárez se ha vuelto un recordatorio tangible del abandono en el que vive gran parte de la infraestructura de San Antonio la Isla. La falta de drenaje es solo un síntoma de la desatención que, aparentemente, la presidenta municipal prefiere solamente contemplar.
La calle inundada se convierte en un símbolo del contraste entre la gestión municipal y la realidad de los ciudadanos. Mientras Ale Castro permanece como espectadora, los habitantes lidian con el agua estancada, la suciedad y la sensación de que sus necesidades básicas son secundarias frente al “espectáculo” que se desarrolla cada vez que llueve.
En definitiva, Benito Juárez no es solo una calle: es un escenario de abandono, un recordatorio de que bajo la gestión de Ale Castro, la infraestructura esencial puede esperar mientras la presidenta observa desde su palco. Cada tormenta refuerza la misma conclusión: en San Antonio la Isla, los servicios básicos solo parecen llegar cuando alguien decide mirar, y por ahora, Ale Castro sigue cómodamente sentada, disfrutando del espectáculo que sus propios vecinos padecen.
Uriel Rosales
