Parece que la administración del DIF municipal de Zinacantepec descubrió el secreto de la alquimia presupuestal: hacer desaparecer el dinero sin que nadie sepa exactamente en qué se fue. Después de que en la nota anterior se exhibió que ni un solo peso fue destinado a Intervención Pública (sí, ese detallito de apoyar directamente a la gente vulnerable), ahora la investigación nos lleva a otro hallazgo no menos curioso.
De los 57 millones 927 mil 598 pesos que integran el presupuesto de egresos del organismo, más de 38 millones ya estaban reservados para “Servicios Personales”, es decir, para pagar nómina, sueldos, compensaciones y todo aquello que mantiene feliz a la burocracia. Nada nuevo bajo el sol.
Pero lo verdaderamente pintoresco está en el rubro de Servicios Generales, donde apenas se destinaron 8 millones 413 mil 193 pesos. ¿Y qué son los servicios generales? Pues básicamente lo que permite que la institución funcione sin que se caiga a pedazos: luz, agua, mantenimiento, papelería, transporte, limpieza, vigilancia… en fin, lo indispensable para que la operación cotidiana no dependa de milagros.
El problema es que, en la práctica, con esa cantidad parece que el DIF municipal apenas podrá mantener encendidas las luces del edificio y pagar unas cuantas copias de actas. Todo lo demás, como programas efectivos para la población, sigue brillando por su ausencia.
Así que, haciendo cuentas: el dinero para ayudar directamente a la ciudadanía desaparece como por arte de magia; los sueldos se llevan la rebanada más grande del pastel; y los servicios generales sobreviven con lo justo, como si administrar un municipio fuera cosa de “hacer rendir lo que alcance” en una tiendita de la esquina.
La conclusión es tan obvia como amarga: el DIF municipal de Manuel “Chapatin” Vilchis, no es un espacio de asistencia social, sino un club administrativo de élite, donde el recurso público se convierte en sueldos gordos y operaciones flacas. Al final, la mala gestión no solo vacía las arcas, también vacía la confianza de la gente que, ingenuamente, todavía espera que el dinero público sirva para lo público.
Luis Garduño.
