En el maravilloso mundo del servicio público, donde la responsabilidad suele tomarse con hielo y limón, la primera regidora Mireya González Báez decidió innovar: cambiar el escritorio por el volante y el sentido común por… bueno, algo más espirituoso.
La funcionaria fue vista protagonizando una escena digna de una película de Cantinflas mezclada con un anuncio de seguridad vial: conduciendo en aparente estado inconveniente, invadiendo carriles contrarios y, de paso, poniendo a prueba los reflejos de los peatones locales, que ahora cruzan la calle con la fe de quien reza antes del salto al vacío.
Porque sí, en Ocoyoacac no hay desarrollo urbano, pero hay shows gratuitos. Y esta vez el espectáculo fue cortesía de una servidora pública que confundió la jornada laboral con una hora feliz. Al parecer, el deber no solo se mezcla con el descontrol, sino también con un toque de irresponsabilidad y un ligero aroma a tequila.
Lo más irónico es que, mientras los ciudadanos esquivan baches y trámites eternos, sus representantes esquivan multas y consecuencias. ¡Ah, qué orgullo da ver cómo el ejemplo empieza desde arriba! En vez de atender al pueblo, algunos funcionarios prefieren atender la barra del bar, donde las decisiones se toman “a mano alzada” pero con el pulso tembloroso.
Y luego se preguntan por qué la gente ha perdido la fe en sus autoridades. ¿Cómo confiar en un ayuntamiento que parece más un club nocturno con actas de sesión? La regidora González Báez, lejos de representar al pueblo, terminó representando la escena clásica del “yo manejo mejor así”. Todo un homenaje al cinismo político sobre ruedas.
Lo preocupante es que, como siempre, nada pasará. Mañana, la misma regidora aparecerá sonriente, cortando listones, hablando de ética y posando frente a cámaras con esa serenidad que solo da la amnesia institucional. Porque en el ayuntamiento, los errores no se sancionan: se olvidan entre brindis.
En fin, Ocoyoacac no tiene autopistas modernas ni transporte eficiente, pero sí cuenta con una “regidora de carreras”. Y no precisamente por su productividad. Así, entre tambaleos, excusas y discursos reciclados, el municipio demuestra una vez más que el servicio público puede ser el escenario perfecto para la comedia… siempre que el pueblo aguante la risa.
Uriel Rosales
