Después de la siesta institucional que retrataba a un funcionario del Ayuntamiento de Almoloya de Juárez durmiendo plácidamente en horario laboral —imagen que se volvió símbolo de un gobierno pasivo, opaco y sin rumbo— la realidad volvió a tocar la puerta del municipio. Esta vez, no con memes ni fotografías virales, sino con un hecho que exige respuestas y gobernabilidad: el asesinato de dos adultos y un menor en la comunidad de San Diego.
Porque mientras en las oficinas municipales reina el letargo, afuera las tragedias no toman descanso.
La noche de este domingo, a unos minutos de la carretera Toluca–Zitácuaro, un ataque armado terminó con la vida de Miguel Ángel, de 34 años; su sobrino Víctor Arturo, de apenas 14; y Telésforo, un hombre de 68 años. Tres vidas arrebatadas en un municipio donde los discursos oficiales hablan de seguridad, pero las comunidades viven otra historia.
Paramédicos estatales y municipales llegaron al lugar, pero nada pudieron hacer: las víctimas, que se encontraban a bordo de tractores, ya no tenían signos vitales. Las primeras indagatorias sugieren que el ataque podría derivar de disputas previas entre familias, un conflicto que —como muchos otros— se ha permitido crecer ante la ausencia de estrategias reales de prevención, mediación y presencia institucional.
Porque ése es el punto que vuelve a exhibirse: en Almoloya de Juárez, la administración encabezada por Adolfo “Chiquitín” Solís parece más dispuesta a cerrar los ojos que a enfrentar la crisis de seguridad que avanza por las comunidades. Un ayuntamiento que presume trabajo sin descanso, pero que responde a los hechos violentos con el mismo silencio que ha acompañado sus omisiones administrativas.
Mientras las redes sociales muestran a funcionarios durmiendo, las calles muestran otra cosa: un gobierno que no despierta, aunque la violencia lo haga a tiros.
La falta de transparencia, la ausencia de resultados y el distanciamiento con las realidades de las comunidades rurales no son solo fallas de gestión: son condiciones que permiten que viejos conflictos familiares escalen sin control, que la presencia institucional sea nula y que las tragedias se repitan.
En vez de fortalecer la seguridad, promover mecanismos de solución de conflictos o reforzar la vigilancia en zonas donde ya existían antecedentes, el gobierno municipal parece más ocupado en administrar excusas que en administrar soluciones.
Y así, mientras el Ayuntamiento bosteza, la ciudadanía vive en alerta.
El alcalde “Chiquitín” Solís afirma trabajar sin descanso, pero los hechos contradicen su narrativa: Almoloya de Juárez es hoy un municipio donde la violencia se atiende tarde, donde los conflictos se agravan solos y donde la autoridad solo aparece para levantar actas… y jamás para evitar que la historia se repita. El contraste es brutal: dentro del palacio municipal, el sueño de los justos; fuera de él, una comunidad que exige justicia.
Y una administración que, aun con la realidad sacudiéndola a balazos, insiste en no despertar. como la tan leída obra de Shakespeare, entre los Montejo y los Capuleto de la obra maestra Romeo y Julieta, y el antagonista principal el “Chiquitin” sin poner orden y gobernanza en el municipio
Luis Garduño.
