El primo bravucón y el alcalde mudo

En Almoloya de Juárez la historia ya dejó de repetirse: ahora simplemente se recicla. Porque cuando un municipio vive entre funcionarios dormidos, balaceras en las comunidades y parientes del alcalde lanzando amenazas como si fueran parte del programa oficial, lo que estamos viendo no es casualidad… es un estilo de gobierno.
Después del episodio del funcionario captado durmiendo como si cobrara por soñar en horario laboral imagen que ya compite con el escudo municipal por convertirse en símbolo oficial Almoloya volvió a aparecer en los reflectores. Pero esta vez, la realidad no llegó en forma de meme, sino de tragedia: tres personas asesinadas en San Diego.
Y mientras eso ocurría afuera, adentro del Ayuntamiento reinaba ese ambiente que uno solo puede describir como “letargo institucional con aire acondicionado”.
La administración de Adolfo “Chiquitín” Solís aseguró que trabajaba sin descanso… una frase que cada día se siente más literaria que real.
Pero por increíble que parezca, esta semana el municipio superó su propio récord en vergüenza pública: no solo se trata de la violencia que avanza sin freno; ahora también se suma el nuevo episodio del “gobierno familiar”, donde un primo del alcalde decidió usar las redes sociales para amenazar a un periodista… y el presidente municipal respondió con la velocidad de siempre: ninguna.
El protagonista de este capítulo es Sergio Solís, alias “El Chacal”, empleado del DIF municipal y miembro distinguido del árbol genealógico del alcalde.Ya desde ahí sabemos que algo no va a terminar bien.
El servidor público porque eso es, aunque su comportamiento sugiera otra cosa publicó mensajes contra el periodista Alfredo Hernández que cualquier administración con un mínimo de dignidad reprobaría de inmediato.
Pero en Almoloya no. Aquí, al parecer, amenazar a la prensa es como ir por las tortas: cosa de todos los días.
Entre las perlas que publicó en redes, destacó la poesía intimidatoria tipo:
“Ya te traigo entre ceja y ceja”,
“A ti te hace falta que te parta la madre”,
y el siempre elegante
“Luego que no ande llorando”.
Si Shakespeare escribió sobre los Montesco y Capuleto, Almoloya está escribiendo su propia tragedia: los Solís y… pues los Solís también, porque aquí los conflictos ni siquiera son entre familias, sino dentro del mismo clan que controla el municipio.
Lo de Sergio Solís no cayó del cielo. Trabajadores y ciudadanos llevan meses señalando la presencia de familiares del alcalde en distintos cargos municipales.
No es ilegal, cierto. Pero cuando un primo usa su plaza para intimidar y el alcalde decide guardar silencio, la cosa deja de ser nepotismo y empieza a parecer consentimiento político. Porque que un servidor público se comporte con prepotencia es grave;
…que lo haga sintiéndose intocable, es peor;
…pero que además sea parte del círculo familiar del presidente, y aun así no se inicie ni una investigación, convierte al Ayuntamiento en una casa de privilegios hereditarios, no de servicio público.
Y ahí está el verdadero problema: no es un caso aislado, es un patrón.
Mientras la violencia en las comunidades crece sin que nadie ponga orden, dentro del palacio municipal los conflictos también escalon, pero de otra manera: ahí los parientes son los que deciden qué se hace, cómo se hace y, sobre todo, qué no se investiga. Mientras el ataque armado en San Diego revelaba otra vez la ausencia total de estrategias de prevención y presencia institucional, el Ayuntamiento se volvía un escenario digno de tragicomedia:
afuera, balazos;
adentro, sueños profundos y amenazas digitales.
Pero nada despierta al gobierno.
Ni los asesinatos.
Ni las denuncias ciudadanas.
Ni las amenazas contra periodistas.
Ni el propio ridículo público.
“Chiquitín” Solís insiste en que trabaja sin descanso… aunque la realidad lo contradiga cada lunes, cada semana, cada tragedia.
El municipio vive en alerta;
el gobierno vive en silencio.
Y no, el silencio no lo hace neutral.
Lo hace cómplice.
Porque cuando un alcalde calla frente a un funcionario que amenaza a la prensa y encima es de su propia familia deja claro que en Almoloya de Juárez los límites se difuminan, la ética se extravía y la gobernabilidad se reduce a un apellido.
Mientras la ciudadanía exige justicia, el Ayuntamiento sigue dormido.
Y aunque la violencia sacuda al municipio a balazos, el gobierno parece decidido a no despertar.
Luis Garduño.
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