Zinacantepec vuelve a sorprender, y no precisamente por sus avances. Después de demostrar que la seguridad municipal funciona peor que una alarma sin baterías, ahora queda claro que el agua también fluye con la misma eficiencia que la policía: es decir, nunca.
Porque mientras Manuel “Chapatín” Vilchis presume que su gobierno “no le da la espalda a los ciudadanos”, la realidad lo contradice con la elegancia de un portazo en la cara. A la crisis de seguridad esa en la que los delincuentes operan en convoy mientras la autoridad opera en silencio ahora se suma un colapso hídrico que retrata, con puntual precisión, que en Zinacantepec lo único abundante es la ineficiencia.
La sequía se duplicó, según los reportes, y aunque el Ayuntamiento celebró con fanfarrias la clausura de una toma clandestina, el resultado fue el más predecible posible: el precio de la pipa se disparó, porque en este municipio la “promesa de orden” siempre termina convertida en un negocio. Ya ve, cerrar una toma ilegal… pero abrir la caja registradora.
En otras palabras: pagar el doble por un servicio que nunca llegó completo.
¿A quién le duele este abuso de poder? Fácil: a todos, menos al presidente.
Mientras tanto, los ciudadanos, esos que “Chapatín” dice defender, siguen recibiendo respuestas dignas de comedia absurda. En el barrio de La Veracruz, en la calle 29 de septiembre, llevan año y medio sin agua. Año y medio. Es decir, lo suficiente para que un bebé aprenda a caminar, para que un semestre de universidad termine… pero no para que OPDAPAS envíe una pipa a tiempo. Porque cuando la solicitan, la respuesta es casi un acto milagroso: a veces llega… después de quince días.
No es falta de líquido. No es mala suerte. No es sequía extrema.
Es mala administración, con apellido y oficina.
Los ciudadanos lo confirman: “el agua ya se la están llevando a los nuevos conjuntos que están haciendo”. Porque en este municipio la prioridad siempre es clara: primero los desarrollos inmobiliarios, luego los ciudadanos, y hasta el final muy al final la vergüenza pública.
Pero volvamos al contraste favorito:
un alcalde que gana casi tres millones de pesos al año, frente a un municipio sin agua y sin seguridad.
Casi tres millones que no alcanzan para patrullas, cámaras, vigilancia, orden hídrico ni para cumplir una promesa básica: que salga agua del grifo. Pero, curiosamente, sí alcanzan para dietas, gratificaciones, vacaciones, aguinaldos y quién sabe cuántos lujos administrativos. al vez en Zinacantepec ya encontraron la fórmula perfecta del despropósito:
los ciudadanos pagan pipa al doble,
padecen asaltos a plena luz del día,
se organizan solos para sobrevivir,
y “Chapatín” sigue presumiendo gobernabilidad… quizá porque en su casa nunca falta agua ni seguridad.
La escena municipal ya parece un manual de incompetencia:
Seguridad operada por delincuentes, no por policías.
Agua administrada como si fuera joyería fina.
Ciudadanos rogando por servicios básicos.
Un alcalde que presume logros que solo existen en su nómina. Si Zinacantepec fuera una serie, estaría en la categoría de tragedia con humor involuntario.
Pero no lo es. Es la vida real de miles de habitantes que, entre asaltos y cubetas, siguen esperando que su gobierno funcione.
Porque mientras “Chapatín” continúa acumulando ingresos, lo único que crece en su municipio es el miedo, la sed y la indignación.
Y ante eso, la pregunta ya no es qué está haciendo el presidente.
La pregunta es: ¿cuánto más estarán dispuestos a soportar los ciudadanos antes de exigir un gobierno que al menos abra la llave… o despierte?
Luis Garduño.
