En Ocoyoacac, el concepto de “trabajo cumplido” parece reducirse a una escena repetida hasta el cansancio: llegar tarde, hacer como que se resuelve el problema y retirarse con la satisfacción del deber supuestamente hecho.
Así lo exhibe una denuncia ciudadana que pone en el centro de la crítica a los delegados de Coapanoaya y al comité de agua, cuya actuación deja más dudas que soluciones.
La queja es clara: cuando por fin intervienen para atender una fuga de agua, lo hacen con una eficiencia que raya en la burla.
El desperfecto se “arregla” a medias, la vialidad queda dañada y el riesgo para automovilistas y peatones se vuelve parte del paisaje cotidiano. Sin embargo, la prioridad no parece ser dejar las cosas en orden, sino cumplir con el ritual infaltable: posar primero y trabajar después… si es que trabajan.
El resultado es una calle parchada, zanjas mal cubiertas y un entorno inseguro que demuestra la falta de planeación y compromiso. Lo grave no es solo el mal arreglo, sino la normalización de la negligencia.
Porque aquí no se trata de un error aislado, sino de una práctica constante: intervenir sin concluir, prometer sin resolver y marcharse dejando el problema abierto, como si los vecinos no tuvieran que transitar diariamente por ese desastre.
Habitantes de la zona señalan el hartazgo ante autoridades que parecen más interesadas en simular atención que en garantizar servicios básicos dignos.
La fuga de agua es apenas el síntoma visible de un problema mayor: la irresponsabilidad de quienes deberían velar por el bienestar de la comunidad y terminan convirtiendo cada intervención en un acto de improvisación. En Coapanoaya, la historia se repite sin pudor.
El agua se desperdicia, la calle se deteriora y la confianza ciudadana se rompe, mientras algunos funcionarios siguen actuando como si con presentarse unos minutos bastara para justificar su cargo.
Porque en Ocoyoacac, al menos en este caso, la obra pública queda mal hecha, pero la simulación siempre sale completa.
Uriel Rosales
