En Xalatlaco, cuando la pólvora todavía flota en el aire y el bosque sigue sangrando árbol por árbol, lo que realmente sacude al municipio no es solo el enfrentamiento armado ocurrido en la zona de Tejocotes, sino el trasfondo incómodo que empieza a asomarse entre rumores, silencios y viejas costumbres que nadie quiso ver, hasta ahora.
Desde hace días, en redes sociales circula una versión tan insistente como perturbadora, que el reciente choque entre fuerzas de seguridad y presuntos talamontes no sería un acto aislado de combate al delito, sino la consecuencia de una presunta ruptura de “acuerdos” que antes habrían permitido la tala clandestina bajo un manto de cómoda tolerancia municipal, nada comprobado, dirán algunos, nada desmentido, dirán otros y ahí es donde el problema se vuelve político, no policial.
Porque Xalatlaco no descubrió ayer la tala ilegal, es un cáncer conocido, antiguo, reincidente y visible. Los camiones cargados de madera no brotan de la nada, ni los caminos forestales se abren solos, ni la deforestación masiva ocurre por generación espontánea. Para que el saqueo avance durante años, alguien tuvo que mirar hacia otro lado, alguien tuvo que “no saber”, alguien tuvo que hacerse el sorprendido profesional.
Y hoy, cuando un operativo termina en balazos, policías heridos y un municipio militarizado, el silencio del alcalde Abelito Flowers retumba más fuerte que cualquier ráfaga, no hay posicionamiento, no hay aclaración, no hay desmentido, no hay una sola palabra que explique por qué ahora sí y antes no, por qué de pronto el bosque importa, o por qué las versiones de protección previa no merecen ni siquiera una respuesta pública.
La pregunta que flota en el ambiente no es si hubo o no acuerdos, eso lo dirán las investigaciones, si es que llegan, sino por qué el gobierno municipal ha sido históricamente incapaz de erradicar la tala clandestina, y por qué solo cuando la violencia estalla, la autoridad decide aparecer, tarde, forzada y rodeada de soldados.
En Xalatlaco, la narrativa oficial quiere reducir todo a un “incidente”, pero el pueblo entiende otra cosa, que cuando el desorden se tolera demasiado tiempo, el día que se intenta corregir, cobra factura, y esa factura suele pagarse con, miedo y desconfianza o por que en los últimos días se ha visto demasiada presencia policial cerca de Abelito y los lugares donde se encuentra, dicen que el miedo no anda en burro.
Porque al final, Abelito Flowers podrá decir que no sabía, que no era su competencia o que “todo está en investigación”, pero el bosque no miente, los caminos clandestinos no se improvisan y la impunidad no se instala sola y cuando un gobierno guarda silencio frente a sospechas tan graves, no aclara, confirma el descrédito.
En Xalatlaco,lo que quedó expuesto fue algo peor, un poder municipal que parece más incómodo con las preguntas que con la tala, más nervioso por los rumores que por los árboles caídos, y más preocupado por callar versiones que por limpiar su historia, porque cuando el humo se disipa, lo único que queda claro es que aquí, el bosque ardió y la confianza también.
Nicolas Díaz
