En Zinacantepec la inseguridad ya no es un problema, es el modelo de operación, robos, violencia y abusos ocurren con absoluta normalidad porque la autoridad decidió no estar, aquí el delito no se esconde ni se apresura, actúa con calma, a plena luz del día y con la certeza de que nadie llegará, esa es la verdadera “estrategia” de seguridad del gobierno de “Chapatín” Vilchis, dejar hacer, dejar pasar y fingir sorpresa.
La policía municipal existe solo en el papel y en la nómina, no previene, no responde y no protege, patrullas que no circulan, elementos que no aparecen y mandos que parecen más interesados en cuidar su puesto que a la ciudadanía, en Zinacantepec, el mensaje es claro, el que roba no teme y el que denuncia pierde el tiempo.
Mientras el alcalde presume gobierno en redes y discursos, la realidad camina por las calles sin oposición, aquí la autoridad llega tarde o simplemente no llega, no hay control, no hay reacción y mucho menos consecuencias, la delincuencia entendió rápido lo que el ciudadano ya sabe, este municipio está en piloto automático y sin capitán.
La inseguridad dejó de ser una falla para convertirse en costumbre, no es ausencia de recursos, es ausencia de voluntad, no es falta de policías, es falta de liderazgo y cuando el presidente municipal no gobierna, alguien más lo hace, en Zinacantepec, ese alguien es el crimen.
Zinacantepec hoy no es un municipio inseguro, es un municipio abandonado, aquí el delito tiene vía libre, la autoridad permiso para no existir y el gobierno una excusa permanente, bajo la administración de Chapatín Vilchis, la seguridad es discurso, la protección es simulación y el ciudadano está solo, porque cuando nadie manda y nadie responde, lo único que queda claro es que en Zinacantepec gobierna la impunidad, con el silencio cómplice del ayuntamiento.
La omisión institucional ya es política pública, la inacción se volvió rutina y el miedo se normalizó como parte del paisaje urbano, en Zinacantepec la vida cotidiana se adapta a la ausencia de autoridad, los comercios bajan cortinas antes de tiempo, las familias cambian rutas y horarios, y el silencio se convierte en mecanismo de defensa, porque cuando el gobierno falla, la gente aprende a sobrevivir sin él.
Lo más grave no es solo la violencia, sino la resignación que produce, una comunidad que ya no espera justicia, que ya no confía en patrullas ni en uniformes, porque entendió que la protección prometida es solo propaganda, la inseguridad no se combate con publicaciones ni discursos, se combate con presencia real, decisiones firmes y responsabilidad política, tres cosas que hoy brillan por su ausencia.
Zinacantepec no merece ser rehén de la incompetencia ni territorio libre para la impunidad, un municipio sin autoridad es un municipio sin futuro, y un gobierno que renuncia a su deber de proteger a su gente pierde toda legitimidad moral, porque cuando la violencia avanza y el poder retrocede, lo que queda es una fractura profunda entre quienes gobiernan y quienes padecen.
Hoy Zinacantepec exige algo más que promesas, exige un gobierno que exista, que actúe y que responda, porque un pueblo abandonado es una herida abierta y la historia no perdona a quienes prefirieron la comodidad del cargo antes que la responsabilidad del mando, si la autoridad no recupera el control, la impunidad seguirá escribiendo el destino del municipio, y ese será el fracaso definitivo de una administración que eligió mirar hacia otro lado mientras su gente caminaba sola entre el miedo y el abandono.
Diego Sánchez
