En Tenancingo el enojo ya no se disimula y empieza a tomar forma de denuncia pública: trabajadores del Ayuntamiento y de OPDAPAS señalan un esquema de privilegios, sueldos inflados y decisiones concentradas en un pequeño grupo vinculado al tesorero municipal, Érick García Reyes, lo que describen no es solo molestia laboral, es la percepción de una administración que, según testimonios internos, premia lealtades personales por encima de perfiles, experiencia y del propio personal del municipio.
Empleados aseguran que funcionarios foráneos y cercanos al tesorero perciben mejores ingresos que trabajadores locales con años de servicio, lo que ha generado indignación y fractura interna, el caso que más ruido provoca es el de la estructura financiera de OPDAPAS, donde, de acuerdo con versiones del propio personal, directivos y mandos habrían sido impuestos y beneficiados con salarios elevados, sin que exista claridad en los criterios de designación ni en la lógica administrativa de esas decisiones.
La molestia crece cuando se compara la escala salarial: trabajadores afirman que el director de Finanzas del organismo, Jesús Godofredo Ochoa, percibía ingresos similares a los del propio director de OPDAPAS, Joaquín Millán Palacios, una situación que, según denuncian, rompe cualquier jerarquía administrativa básica y evidencia que las decisiones no responden a estructura institucional sino a intereses internos, en palabras de empleados, el control real del organismo no estaba donde debía, sino en manos del tesorero y su círculo cercano.
A esto se suman quejas por malos tratos, presión laboral y un ambiente interno marcado por el temor a señalar irregularidades, personal del organismo menciona directamente a Guadalupe Evencio Lara Vallejo como parte de ese entorno de tensión y subordinación política, donde la operación institucional se mezcla con lealtades personales y decisiones verticales.
Lo más delicado no es solo el tema salarial, sino la narrativa que se repite entre trabajadores: una administración que, lejos de fortalecer al municipio, habría sido capturada por intereses de grupo, testimonios hablan de improvisación, de funcionarios sin experiencia en el servicio público y de decisiones que terminan afectando la operatividad del propio gobierno municipal.
En este contexto, la figura de la presidenta municipal Nancy Nápoles Pacheco queda inevitablemente en el centro de la crítica, porque si el desorden administrativo, los privilegios y las tensiones internas existen, como señalan empleados, no pueden sostenerse sin omisión, tolerancia o falta de control político desde la presidencia municipal.Y ahí está el verdadero problema de fondo, un gobierno que, en lugar de ordenar, parece permitir, que, en lugar de transparentar, se encierra, y que, en lugar de responder, guarda silencio mientras crece la percepción de favoritismo y descomposición institucional.
Porque cuando los propios trabajadores hablan de sueldos disparejos, imposiciones y control interno por intereses personales, ya no es grilla, es desgaste institucional y cuando la autoridad municipal no sale a aclarar, investigar o desmentir, el vacío se llena con lo único que queda, desconfianza.
El mensaje que deja Tenancingo hoy es brutal, un Ayuntamiento donde el poder administrativo se percibe concentrado, donde los equilibrios se rompen y donde la presidenta municipal parece más espectadora que jefa de gobierno.
Y mientras eso ocurre, la ciudadanía observa cómo su gobierno se desgasta hacia adentro, atrapado en disputas, señalamientos y estructuras que, lejos de servir al municipio, parecen servirse de él.
El cierre es inevitable: si esta es la forma de gobernar Tenancingo, entonces la administración dejó de ser un proyecto público para convertirse, según la percepción de sus propios trabajadores, en un aparato que opera para unos cuantos, y cuando un gobierno permite que eso se normalice, ya no administra, se le descompone el municipio en las manos.
Porque al final, el problema no es cuánto ganan unos y otros, sino quién manda realmente y para qué. Y hoy, en Tenancingo, la pregunta que queda flotando no es incómoda, es demoledora, si el Ayuntamiento funciona así por dentro, ¿cómo estará gobernando hacia afuera?
Daniel Sánchez
Desgobierno Total
