Portadas

Sonrisa de vergüenza

Calles de Polvoron

En Tenancingo las calles duran menos que el discurso de inauguración. A menos de seis meses de que la presidenta municipal Nancy Nápoles Pacheco cortara el listón y presumiera como “gran obra” la rehabilitación de la calle Aldama, en el tramo de Moctezuma a Hidalgo, la realidad ya hizo lo suyo: el pavimento comenzó a desmoronarse y hoy requiere reparaciones profundas.
Sí, profundas. No estamos hablando de un detallito menor o una grieta superficial. Estamos hablando de una obra recién inaugurada que ya necesita cirugía mayor. Una calle que costó, según se presume, “un ojo de la cara”, pero cuya resistencia parece competir con la de un polvorón.
Lo más insultante no es solo la mala calidad; es la narrativa oficial que la acompaña. Porque mientras el tramo afectado vuelve a intervenirse, impactando otra vez la circulación y, por supuesto, el erario público, desde el Ayuntamiento se sigue presumiendo la obra como si fuera ejemplo de eficiencia y progreso.
La pregunta incómoda es inevitable, ¿cuánto costó realmente esa calle y cuánto costará ahora volver a levantarla? Porque cuando una obra pública necesita rehacerse antes de cumplir medio año, el problema no es el clima ni el tránsito, es la calidad, la supervisión y la forma en que se autorizan los contratos.
Y, sin embargo, cualquier crítica es inmediatamente ahogada por un coro digital de defensores incondicionales que celebran cada publicación oficial como si se tratara de infraestructura de primer mundo, focas aplaudidoras, bots y tapetes virtuales que convierten el fracaso en logro y el sobrecosto en aplauso.
Pero el pavimento no entiende de propaganda. Se rompe igual. Se hunde igual. Se desmorona igual, hoy, vecinos señalan que no basta con “hacer obras”; deben ser de calidad y a precio justo. Porque inaugurar algo que seis meses después necesita levantarse completo no es gestión eficiente, es simulación costosa.
Tenancingo no necesita más listones cortados con fotografía oficial; necesita calles que no se deshagan al primer semestre, porque mientras la presidenta presume “grandes obras”, la realidad es más humilde y más cruda, tramos que se levantan, recursos que se vuelven a gastar y ciudadanos que vuelven a pagar.
Y así, entre discursos triunfalistas y pavimento quebrado, queda una conclusión incómoda: en Tenancingo las obras pueden ser muy caras, pero su duración es sorprendentemente barata.

Daniel Sánchez

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