Xalatlaco
Destrucción permitida

La tala clandestina en Xalatlaco ya no es un rumor ni un hecho aislado, es una actividad que se realiza a plena luz del día y frente a la indiferencia de la autoridad municipal, camionetas cargadas con trozos de madera recorren calles principales sin obstáculos, sin inspecciones y sin la mínima intención del gobierno local por intervenir, como si el saqueo del patrimonio natural fuera parte de la normalidad administrativa.
Vecinos señalan que la avenida Cuernavaca, en la zona donde se instala la nueva plaza, se ha convertido en un punto frecuente de descarga de madera presuntamente ilegal, un movimiento constante que cualquiera puede ver, menos el Ayuntamiento, la preocupación crece porque el daño ambiental es evidente y acumulativo, mientras el gobierno municipal parece más ocupado en mirar hacia otro lado que en frenar lo que los propios habitantes ya califican como un ecocidio en marcha.
La ausencia de operativos, sanciones o posicionamientos oficiales deja al descubierto algo más grave que la tala: la omisión institucional, cuando el delito circula en camionetas, pasa por avenidas principales y se descarga en espacios visibles sin que nadie intervenga, el problema deja de ser solo ambiental y se convierte en un reflejo directo del desinterés gubernamental.
Y en el centro de esa indiferencia aparece la administración encabezada por el presidente municipal Abelito Flowers, cuya reacción hasta ahora ha sido el silencio.
Ni acciones preventivas, ni estrategias de protección forestal, ni una postura firme frente a la denuncia ciudadana, nada, como si los bosques se defendieran solos y la responsabilidad pública fuera opcional.
En Xalatlaco, la madera desaparece, el daño avanza y la autoridad se esfuma. Porque aquí la vigilancia parece existir solo en el discurso, la protección ambiental en el papel y el gobierno en pausa permanente.
Y mientras los árboles caen uno a uno, el Ayuntamiento también derriba la confianza ciudadana, total, si el bosque se acaba, siempre quedará el pretexto, la indiferencia y el clásico “no nos dimos cuenta”, en Xalatlaco, la naturaleza grita, la gente denuncia y el gobierno municipal, fiel a su estilo, administra el silencio como si fuera política pública.La tala clandestina no solo arranca árboles, también arranca equilibrio ecológico, seguridad hídrica y futuro para las comunidades que dependen del bosque.
Cada camión cargado de madera que circula sin control representa años de crecimiento natural perdidos y una señal clara de que la ley dejó de aplicarse donde más se necesita, lo grave no es solo lo que se llevan, sino lo que se deja: cerros debilitados, suelos erosionados y una sensación colectiva de abandono institucional.
Si la autoridad municipal no actúa, la responsabilidad ya no puede diluirse en discursos ni justificarse con burocracia, la protección ambiental no es un favor ni una promesa de campaña, es una obligación legal y moral.
Ignorar lo que ocurre a la vista de todos no es prudencia política, es permisividad, y la permisividad, en contextos como este, se convierte en complicidad silenciosa frente a un delito que avanza sin freno.
Xalatlaco está a tiempo de decidir si será recordado por defender su riqueza natural o por permitir que se la arrebaten sin resistencia, porque cuando el bosque desaparece, no hay obra pública ni narrativa oficial que repare la pérdida, la exigencia ciudadana ya está sobre la mesa; falta que el gobierno deje el silencio y asuma su papel, antes de que la tala no solo acabe con los árboles, sino con la credibilidad de toda una administración
Diego Sánchez