Almoloya de Juárez
Tragedia anunciada

Lo advertimos en mayo, pero al parecer en el Palacio Municipal de Almoloya de Juárez nadie lee ni siquiera los encabezados. En aquel edición numero 300 del pasado 26 de mayo, publicamos que de los más de 173 millones de pesos del presupuesto municipal, apenas 35 millones se destinaron a seguridad pública. Dijimos, sin temor a equivocarnos, que eso eran migajas para un municipio del tamaño (y los problemas) de Almoloya de Juárez. Pues bien, este fin de semana en la comunidad de San Francisco Tlalcilalcalpan, la realidad nos dio la razón.
Durante el tradicional carnaval anual, mientras los vecinos celebraban con música, color y baile, una automovilista en aparente estado etílico decidió formar parte del desfile. El problema es que su vehículo no iba disfrazado de carro alegórico, sino de tragedia. El resultado: al menos 20 heridos y dos personas que, lamentablemente perdieron la vida.
Y aunque el desastre pudo parecer producto de la mala suerte o de la irresponsabilidad individual, la verdad es más incómoda: en el carnaval no había presencia suficiente de elementos de seguridad. Es decir, el evento se llevó a cabo prácticamente a la buena de Dios… y del alcoholímetro, que, por lo visto, también estuvo de descanso. Esto solo muestra los resultados de un gobierno desinteresado y poquitito, ya que, de tener los elementos policiales suficientes esto nunca hubiera sucedido, hoy familias quedaron destrozadas, y otras con marcas que llevaran toda su vida, todo que el gobierno de “Chiquillo” Solís se quiso ahorrar una pesos.
Mientras tanto, el presidente municipal Adolfo “Chiquillo” Solís sigue mostrando que, en su administración, la seguridad pública es más un tema decorativo que una prioridad. Total, para qué invertir en policías, patrullas o resguardo, si con “buenas vibras” y “fiestas tradicionales” se arregla todo, ¿no?
La tragedia de Tlalcilalcalpan no fue un accidente inevitable: fue el resultado directo de un mal gobierno y un peor presupuesto, de una administración que considera que la seguridad de sus habitantes puede esperar… mientras no interrumpa la foto o el mitin.
Porque al final, el carnaval siguió, pero la risa se volvió amarga. Y si algo quedó claro entre tanto caos, sangre y sirenas tardías, es que en Almoloya de Juárez no sólo falta seguridad: falta vergüenza, planeación y, sobre todo, responsabilidad. Luis Garduño