Lerma

El parque acuático que nadie pidió

En Lerma hay vecinos que ya no saben si viven en un municipio industrial o en un experimento ambiental al aire libre, denuncian calles en estado deplorable, contaminación, malos olores y hasta la presencia de espuma y vapores que, lejos de transmitir tranquilidad, han generado preocupación entre las familias de la zona, la situación ha llegado a tal punto que los propios habitantes, recurriendo al humor para soportar el hartazgo, bautizaron el lugar como un “parque acuático tóxico”.
La ironía es tan amarga como evidente: mientras se presume desarrollo, modernidad y proyectos de crecimiento, hay zonas donde la realidad parece sacada de una película de desastre ambiental, los vecinos aseguran que la contaminación y el deterioro de las calles se han vuelto parte del paisaje cotidiano, al grado de que salir de casa implica convivir con malos olores y escenarios que distan mucho de la imagen de un municipio ordenado y funcional.
La indignación aumenta porque la ciudadanía se pregunta algo elemental: si existe presupuesto público, ¿por qué persisten condiciones que consideran indignas y riesgosas? La exigencia ya no es de obras monumentales ni de anuncios espectaculares; es de acciones básicas que permitan a las familias vivir en un entorno limpio, seguro y atendido.
Porque un gobierno puede sobrevivir a las críticas políticas, pero difícilmente puede presumir éxito cuando sus habitantes sienten que viven entre baches, contaminación y escenarios que ellos mismos describen con sarcasmo como un parque acuático involuntario, en Lerma, la espuma podrá desaparecer con el tiempo, pero el malestar ciudadano no se evapora tan fácilmente.
Y quizá el mayor problema para cualquier administración es que la gente empiece a usar el humor como mecanismo de defensa, porque cuando los vecinos ya hacen chistes sobre el estado de sus calles y su entorno, es porque la resignación y el enojo llevan tiempo acumulándose, y en política hay algo peor que las protestas: que los ciudadanos terminen creyendo que el abandono ya forma parte permanente del paisaje.
Mientras tanto, las respuestas oficiales suelen moverse en ese terreno conocido de los comunicados optimistas, donde todo “está en proceso”, “se está atendiendo” o “ya se están realizando las acciones correspondientes”, aunque en la calle la percepción sea otra muy distinta, entre anuncios de futuras obras y promesas de intervención, el tiempo avanza, pero para los habitantes lo único que parece constante es la acumulación de problemas que no encuentran una solución visible,cada vez más difícil de ignorar.
                             Esteban Díaz

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