
En Tenancingo, la administración que encabeza Nancy Nápoles Pacheco ha perfeccionado una habilidad que poco tiene que ver con gobernar, producir espectáculo, a cuatro meses de iniciar el segundo año de gestión, el balance no se mide en metros de pavimento, drenajes concluidos o infraestructura funcional, sino en lonas, eventos y fotografías cuidadosamente encuadradas.
Aquí el telón siempre se levanta a tiempo, las obras, no, a narrativa oficial presume actividad constante: inauguraciones, recorridos, anuncios, pero basta caminar las calles para notar la distancia entre el discurso y la realidad, vialidades deterioradas, proyectos inconclusos y servicios que siguen esperando atención evidencian que el problema no es de agenda, es de prioridades.
Y mientras la obra pública se queda en pausa, el flujo de recursos no, el presupuesto llega puntual mes con mes, lo que vuelve inevitable la pregunta que ya circula en voz baja y cada vez menos baja entre la ciudadanía, ¿dónde está el dinero?
En el centro de esa incógnita aparece la figura del tesorero municipal, convertido, según versiones internas, en un celoso guardián de los recursos, un control financiero que, más que traducirse en eficiencia, parece reflejar inmovilidad, porque cuando el dinero existe, pero no se ve en las calles, lo que falla no es la caja, es la voluntad de usarla para lo que importa.
Las obras detenidas han dejado de ser excepciones para convertirse en patrón. Y cuando un patrón se repite, deja de ser casualidad, empieza a parecer decisión, a esto se suma el ruido que generan señalamientos sobre programas de dudosa efectividad y beneficios concentrados en unos cuantos, lo que alimenta la percepción de que el presupuesto no solo se administra, sino que se distribuye bajo criterios que poco tienen que ver con el interés público.
Con una bolsa superior a los 113 millones de pesos para el presente ejercicio, la expectativa ciudadana era clara: resultados visibles, sin embargo, lo que se acumula es frustración. Porque la inversión prometida no se refleja en la mejora de la infraestructura, ni en la calidad de vida de la población.
El contraste es brutal: mucho anuncio, poca obra. Mucho discurso, pocas soluciones, gobernar no es organizar eventos ni encadenar inauguraciones simbólicas. Gobernar es resolver problemas concretos, y en Tenancingo, esos problemas siguen ahí, intactos, esperando algo más que palabras.
Porque al final, la ciudadanía no necesita más escenarios ni más funciones, necesita calles transitables, servicios dignos y un gobierno que deje de actuar, para empezar a trabajar y mientras eso no ocurra, Tenancingo seguirá siendo un lugar donde el espectáculo nunca se detiene, aunque el desarrollo sí, porque en este municipio, al parecer, el presupuesto sí se ejecuta, pero la obra, quién sabe.
Daniel Sánchez