Ocoyoacac

Violencia desbordada y una autoridad bien protegida… pero ausente

En Ocoyoacac la violencia dejó de ser noticia para convertirse en rutina, el hallazgo de un hombre ejecutado con signos de tortura, abandonado a la orilla de la carretera rumbo a Tehualtepec, en San Pedro Atlapulco, vuelve a exhibir un escenario que ya no sorprende, pero sí indigna, delincuentes que operan con total libertad y una autoridad que solo aparece para acordonar y retirarse.
El cuerpo, golpeado, con un cable enredado en el torso y el brazo, descalzo y abandonado entre la maleza, refleja un nivel de violencia brutal que evidencia algo más profundo que un hecho aislado, la creciente descomposición de la seguridad en el municipio, y mientras la escena era procesada por peritos, la historia de siempre se repitió: sin detenidos, sin respuestas, sin autoridad que dé la cara.
Vecinos denuncian que los patrullajes son escasos, que la policía municipal tarda en responder y que la delincuencia parece moverse con total tranquilidad, porque cuando pueden ejecutar a una persona, abandonarla en carretera y desaparecer sin rastro, el mensaje es claro: en Ocoyoacac, la inseguridad dejó de ser un problema, para convertirse en una constante.
Las críticas no tardan en dirigirse hacia la presidenta municipal Nancy Valdez Ruiz, quien, según ciudadanos, parece gobernar desde la distancia, mientras la violencia crece y el miedo se instala en las comunidades, y lo que más genera molestia es el contraste: mientras los habitantes viven con temor, la alcaldesa permanece bien escoltada, protegida y resguardada, incluso con presencia de la Guardia Nacional.
Porque la escena resulta casi irónica: mientras en las calles aparecen cuerpos con signos de tortura, la autoridad municipal permanece blindada, lejos del riesgo que enfrentan diariamente los ciudadanos, una realidad que alimenta la percepción de un gobierno que protege a la autoridad, pero no a la población.
Y así, Ocoyoacac comienza a convertirse, según vecinos, en tierra de nadie, donde los delincuentes actúan, la violencia escala y la autoridad parece rebasada, ausente o simplemente indiferente, porque cuando la policía llega solo para acordonar, el mensaje es claro: el control ya no lo tiene la autoridad, lo tienen los delincuentes.
Mientras tanto, la administración municipal guarda silencio, como si los hechos violentos fueran parte del paisaje cotidiano, pero la ciudadanía ya no guarda silencio, el miedo crece, la indignación aumenta y la percepción se vuelve cada vez más dura: en Ocoyoacac, la violencia avanza, mientras el gobierno municipal parece limitarse a observar desde la distancia.
La pregunta queda flotando con más fuerza que nunca, ¿quién gobierna realmente Ocoyoacac?, porque mientras los ciudadanos viven con miedo, Nancy Valdez Ruiz parece mantenerse bien protegida.
                             Lorena Roca

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