Lerma
Cambio de camiseta, silencio en el gabinete

En Lerma, la reciente salida de Miguel Ángel Ramírez Ponce del PRI no es un simple ajuste de estrategia política. Es una sacudida que deja expuesta una pregunta incómoda, ¿qué tan firmes eran las convicciones dentro del gobierno municipal?
Porque cuando un alcalde cambia de ruta política a mitad del camino, no solo redefine su propio discurso, arrastra consigo a todo un gabinete que hoy parece atrapado entre la lealtad al cargo y la coherencia frente a la ciudadanía.
Y ahí es donde el silencio pesa más que cualquier declaración, funcionarios que llegaron respaldados por una estructura partidista específica hoy optan por la discreción absoluta, no hay posicionamientos claros, no hay explicaciones, no hay señales de definición política. Solo una administración que parece operar bajo una lógica simple: mantenerse en el cargo, sin importar el viraje.
El problema no es el cambio en sí, en la política, las alianzas se transforman, el problema es la forma, sin claridad, sin rendición de cuentas y sin asumir el costo público de una decisión que impacta directamente en la confianza ciudadana.
Porque quienes hoy ocupan direcciones clave no llegaron en el vacío, fueron parte de un proyecto político concreto, con un discurso definido, pretender que ese origen puede borrarse de un día para otro no solo es ingenuo, es subestimar la memoria colectiva.
La lista de funcionarios que integran el gabinete municipal no es menor, y su permanencia bajo este nuevo escenario abre cuestionamientos inevitables, ¿Respaldan el cambio?, ¿Lo comparten?, ¿O simplemente lo toleran para conservar el puesto?
El dilema no es administrativo, es ético, y mientras estas preguntas se acumulan, el gobierno municipal parece apostar por una estrategia conocida: dejar que el tiempo diluya la polémica, que el ruido baje.
Pero la política no funciona así cuando la credibilidad está en juego, porque gobernar no es solo administrar recursos y programas; es sostener una línea de congruencia frente a la ciudadanía, y cuando esa línea se rompe sin explicación, lo que queda es desconfianza.
Hoy, Lerma no solo enfrenta un cambio político. Enfrenta un examen público de coherencia, porque cuando el liderazgo cambia de rumbo sin rendir cuentas, y el gabinete responde con silencio, el mensaje que se proyecta es claro: aquí la lealtad no es con la gente… es con el poder en turno.
Y al final, más allá de siglas o colores, lo que queda es una pregunta que ningún funcionario ha querido responder de frente, ¿Gobiernan con convicción o simplemente se adaptan para seguir cobrando?, porque en Lerma, el cambio de camiseta fue inmediato.
Esteban Díaz